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Nepantla o la muerte del tiempo nahua

El calendario no siempre ha caminado en una misma dirección, para la cosmovisión nahua, el tiempo era cíclico y un eterno retorno.





El esplendor de la calzada de los muertos y de las pirámides de la Luna y el Sol hace que resulte sencillo comprender por qué Teotihuacán significa "ciudad de los dioses", sin embargo, el gran secreto de éste vestigio arqueológico es que ése no es su verdadero nombre.


El cristianismo encajado con cuchillas en los pechos de los pueblos vencidos, hizo que el proceso de aculturación se identificara con una transición revuelta en jirones. La tensión invisible del espíritu en un duelo entre tiempos. Un estado de frontera, el nepantla, a mitad de dos cosmovisiones que apretaban los mecates de la historia por ambos extremos. En medio de ellos, la persona neutra ante un credo que no terminaba de cuajar (¿terminó?) y la tradición de los abuelos que susurraba el secreto de los vientos y los rituales de los montes. Nepantla o nepantlismo es indefinición en el núcleo de la esencia individual, un templo marchito y un cruce de caminos. La ilegitimidad de otros sistemas de creencias, para el cristiano del siglo XVI y en particular para el canon eclesiástico español, fue absoluto y su universalismo sentenció la infidelidad de los vencidos. La idolatría como concepto impuesto, supuso la superioridad cultural de occidente por encima de los pueblos conquistados: “la invención de los ídolos fue el comienzo de la infidelidad, y su descubrimiento, la corrupción de la vida”. La evangelización jamás se puso en duda, era una de las causas justas de la conquista y sometimiento de los pueblos. Esto implicó que cualquier noción de trascendencia indígena fuera condenada sin siquiera acercarse a ella, mucho menos comprenderla.


Los ciclos se consuman y reiteran. Recién comenzamos un nuevo año y observamos cómo el tiempo anda sus pasos incesantes, siempre hacia delante. Su naturaleza es transformación. Pero el calendario no siempre ha caminado en una misma dirección. Para la cosmovisión nahua, como veremos, el tiempo era cíclico, un eterno retorno. El quinto sol Nahui Ollin es el centro en movimiento.


En la Historia de las Indias de la Nueva España, Fray Diego Durán relata como descubrió a un indígena, a quien había dedicado buen tiempo a evangelizar, rindiendo plegaria a los ídolos. Al ser descubierto, el hombre le dice al fraile, “no te espantes, pues aún estamos en nepantla”. A lo que Durán describe:


Y como entendiese lo que quería decir por aquel vocablo que quiere decir, estar en medio, e insistí me dijese qué era aquel en que estaban. Me dijo que, como no estaban aún bien arraigados en la fe, que no me espantase la manera que aún estaban neutros, que ni bien acudían a la una ley ni a la otra, por mejor decir que creían en Dios y que justamente acudían a sus costumbres antiguas y del demonio, y esto quiso decir aquel en su abominable excusa de que aún permanecían en medio y estaban neutros.


El cristianismo encajado con cuchillas en los pechos de los pueblos vencidos, hizo que el proceso de aculturación se identificara con una transición revuelta en jirones. La tensión invisible del espíritu en un duelo entre tiempos. Un estado de frontera, el nepantla, a mitad de dos cosmovisiones que apretaban los mecates de la historia por ambos extremos. En medio de ellos, la persona neutra ante un credo que no terminaba de cuajar (¿terminó?) y la tradición de los abuelos que susurraba el secreto de los vientos y los rituales de los montes. Nepantla o nepantlismo es indefinición en el núcleo de la esencia individual, un templo marchito y un cruce de caminos.


La ilegitimidad de otros sistemas de creencias, para el cristiano del siglo XVI y en particular para el canon eclesiástico español, fue absoluto y su universalismo sentenció la infidelidad de los vencidos. La idolatría como concepto impuesto, supuso la superioridad cultural de occidente por encima de los pueblos conquistados: “la invención de los ídolos fue el comienzo de la infidelidad, y su descubrimiento, la corrupción de la vida”. La evangelización jamás se puso en duda, era una de las causas justas de la conquista y sometimiento de los pueblos. Esto implicó que cualquier noción de trascendencia indígena fuera condenada sin siquiera acercarse a ella, mucho menos comprenderla.


En un inicio pareció sencillo para los evangelizadores. Practicaron bautizos masivos, cambiaron los nombres tradicionales, los que se ataban al linaje y al destino y, por supuesto, prohibieron los ritos que anidaban en los mitos que renovaban los ciclos. Se sustituyeron los cultos. Frente a una imagen indígena, se colocó una cristiana. La incertidumbre de la “conversión” a gran escala no hizo sino alterar las certezas y, sobre todo, se abrió un espacio nuevo: la neutralidad en Nepantla; una metamorfosis inconclusa. No fue un proceso homogéneo. Quienes se adaptaron con más ahínco al cristianismo fueron las élites. En cambio, la mayoría de la masa indígena lo adoptó de manera superficial, perseverando en sus creencias de forma clandestina. En cualquier caso, como anota Serge Gruzinski, “los indios se enteraban al mismo tiempo que ellos adoraban a dioses y que esos dioses eran falsos”. El edificio que soportó toda una cosmovisión se derrumbaba ante la cruz y las ceremonias para renovar los ciclos fueron proscritas.


En el Libro de los Colloquios, recogido por Sahagún, parlamentaron doce frailes franciscanos con varios tlamantinimes o sabios de palabra indígenas. En el capítulo VII los sacerdotes nahuas dicen “somos macehuales, somos perecederos, somos mortales. Que no muramos, que no perezcamos, aunque nuestros dioses hayan muerto”. Además de la melancolía que emana de la expresión, hay dos elementos de enorme profundidad. Por un lado, macehual quiere decir merecido. Lo que significa el principio de reciprocidad con los dioses creadores del Quinto Sol, que murieron en sacrificio para hacer la vida en movimiento. Del otro, la resignación ante la muerte de sus dioses, que representa mucho más que su deceso escatológico o su defunción esencial. Se trata de la extinción cultural en cuya raíz se encuentra la extinción del tiempo cíclico. Porque la palabra cristiana y la imposición del culto occidental supusieron la victoria de un tiempo lineal.

En esa bifurcación quedó el hombre del siglo XVI en Mesoamérica, en el cruce de los senderos, frente a dos realidades que no se consumaban: el catolicismo abrazador y la tradición de la tinta roja y la tinta negra. La Conquista despojó a los conquistados de su realidad trascendente, dio muerte a los ritos calendarios. Y es que la noción de tiempo determinaba la manera en que se observaba tanto el espacio humano como el sagrado y su vínculo esencial: el espíritu. Una realidad en que existía un sistema coherente de interacciones entre espacios, dualidades y principios.


Para los nahuas existían tres tiempos: el primero, intrascendente, anterior a los dioses, que fue interrumpido por el de las creaciones. En este tiempo segundo, se creó el tercero de los hombres, en que se habitaba.5 El ser humano poblaba el tiempo profano, que dependía del tiempo sagrado de los dioses. El principio de reciprocidad determinaba que lo que sucedía en uno influía en el otro. Ambos tiempos se sostenían mutuamente y los ritos recreaban los mitos de creación, el soporte del cosmos. El tiempo se repetía en la actualización del arquetipo. Con ello, la temporalidad de los hombres se suspendía y por medio de los ritos volvía al origen en una concepción cíclica, reiterativa. Una visión circular en la que el tiempo y el espacio no eran abstractos, sino que confluían como sitios y acontecimientos.6 La historia se diluía porque lo importante era la reiteración del comienzo. También el tiempo profano y el sagrado eran recíprocos. Así que el hombre vivía en función de esa conservación del origen. De ahí los ritos, los sacrificios y la sangre.

Para la visión cristiana, en cambio, el tiempo era unidireccional, del Génesis al Apocalipsis. No había reiteración cosmogónica, sino el cumplimiento teleológico de un designio, una palabra y una escritura. Una concepción cerrada y de un único sentido en la que sólo una voluntad fue relevante: la de Dios. De ahí que, como afirma Mircea Eliade, con el cristianismo “se ve afirmarse y progresar la idea de que los acontecimientos históricos tienen un valor en sí mismos, en la medida en que son determinados por la voluntad de Dios”.7 El tiempo era uno, el de Dios, y tenía una finalidad específica: la salvación universal y el juicio final. Para el cristiano no había reiteración esencial del mito, salvo la eucaristía, que no reproduce la muerte de Dios, la evoca.


Cuando los vencidos cayeron en cuenta que sus dioses habían muerto, como le dijo el tlamantinime a los doce frailes franciscanos, en verdad se referían al deceso de su tiempo, a los ciclos que habían de renovar para el mantenimiento del universo. Lo que en verdad murió fue la realidad: el tiempo y el espacio, la palabra de los abuelos. La esencia del nepantla, la neutralidad como estado de transformación, no fue la elección entre libros sagrados, sino la conciencia de la conclusión del Quinto Sol y el inicio de una nueva era.

Ollin Tonatiuh es el sol en movimiento, la era de los hombres que merecen, los macehuales. El tiempo murió, pero la vida en transición, como el sol central, el Nepantla Tonatiuh, continuó el camino de sus ciclos. Es el espejo que se mira en veredas bifurcadas. En cierto modo, no hemos salido del nepantla. Pero la imprecisión es transformación. El nepantla es el centro, la libertad de las posibilidades.

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